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Fue algo extraño el último día de escuela antes de vacaciones de invierno, mi chico nerd y yo nos hicimos novios ese día, pero resulta que él se fue de la ciudad con sus padres a pasar la navidad en la playa. Lo extraño fue que tenía novio, pero como si no lo tuviera.

Sentía mucho la necesidad de estar con él, me hablaba por teléfono cada vez que podía, eso me parecía dulce de su parte, aunque también me hacía extrañarlo aún más.

Una noche soñé que hacía el amor con él, al menos en el sueño fue muy diferente que con mi primer amor. Mi chico nerd “lo hacía con mayor seguridad”, lo cierto es que él era aún más atrevido una vez adquirida la confianza necesaria.

Cuando desperté del sueño estaba húmeda y así lo estuve por todo el día, a cada momento recordando lo soñado, deseando que se volviese realidad.

A ratos me quedaba en mi habitación por horas dándole vueltas a mi sueño, incluso cada vez le agregaba más situaciones, moldeando de cierta forma lo que fuera nuestro primer encuentro en la intimidad.

Conmigo misma

Para darle más realismo a la escena, me desvestí por completo. Nunca me había visto y sentido de esa forma, en la cama completamente desnuda, excitada, con los pechos duros y los pezones erguidos, mi panochita abierta como en flor y sumamente sensible al tacto, prácticamente escurriendo jugos de mi vagina, y la habitación llena de mi aroma. Había estado tan excitada antes como ahora, pero no había puesto mucha atención a ello. Ni siquiera, me había acariciado yo misma; sea por vergüenza, porque eso es “sucio”, por lo que sea. Por momentos me sentía extraña, pues a pesar de haber hecho el amor antes, ahora me era difícil, o al menos raro, acariciarme.

Me enfoqué en mi sueño, mientras con mis dedos trataba de recorrer cada zona de mi panocha. Acaricié mis pechos y mis pezones, con las uñas arañaba ligeramente los pezones y no sentía dolor, sino todo lo contrario. Unos ligeros pellizcos en mis pezones causaban más excitación que dolor, era increíble. Primero fue un dedo en mi vagina, después dos y por último tres; por momentos disfrutaba tener mis dedos dentro de mí, para después salir y rozar mi mano sobre toda la superficie de mi panocha. Los labios de mi vagina, mi clítoris, mis pechos, todo en conjunto me iban a hacer estallar.

Me revolcaba en la cama, pataleaba, gemía. Cada vez quería más, deseaba encontrar la posición y las caricias que me dieran más. Lo necesitaba a él dentro de mi, pero no lo tenía. Me hinqué sobre la cama, apoyé una mano sobre el respaldo y hundí mis dedos lo más profundo que pude dentro de mi vagina; los metía y sacaba con rapidez, al ritmo que mis caderas también lo hacían. De pronto exploté en un sin fin de va y vienes, quería gritar, pero no podía. Me tiré sobre la cama, extasiada, mi mano seguía allí, caricias suaves. Fue mi primer orgasmo. Desnuda me ganó el sueño, volví a soñar con él, con mi chico nerd.

Cuando desperté, medité sobre lo sucedido. No podía comprender por qué había llegado a tanto placer sin un hombre, ni siquiera sabía que había experimentado un orgasmo, solo hasta tiempo después fue que supe lo que tal cosa era. Sin embargo, en ese momento, albergué la esperanza de que con mi chico nerd iba a ser mejor. Y lo fue.

Sería la experiencia con mi primer amor, un chico tímido nada arrojado, pero que me dio bastante felicidad; seguro esa fue la razón de que comenzara a poner mi atención en chicos tímidos, tímidos pero con algo especial.

Un compañero de clase, podría decir que era nerd, pero no del tipo que estereotipan en las películas. Este chico era muy activo, aplicado en las clases, pero también en los deportes, principalmente el básquetbol. Era extrovertido en compañía de sus amigos, pero con las chicas se cohibía.

Comencé a platicar con él en clase y en los descansos. Nos hicimos amigos y compartíamos tiempo haciendo la tarea en mi casa (a mi primer amor nunca lo invité a casa). Los compañeros hacían burla con nosotros, pues casi siempre estábamos juntos, ¡hasta comencé a jugar básquetbol!

Fiestas navideñas

Llegaron las fiestas navideñas en la escuela. Cada grupo organizaba su propia fiesta de navidad el último día de clase antes de vacaciones de invierno; nosotros habíamos organizado un baile, bocadillos e intercambio de regalos.

El día de la fiesta mi chico nerd me sorprendió con un regalo, era un perrito de peluche con un balón de básquetbol; me sentí un poco mal, pues yo no le llevaba un regalo.

Comenzó el baile y mi chico nerd desapareció de pronto. Yo me dispuse a bailar con algunos de mis compañeros, pero no me estaba divirtiendo del todo.

Salí a buscar a mi chico nerd, lo encontré sentado en la plaza de la escuela, solo. Le pregunté qué era lo que hacía allí solo, me contestó que no le gustaba bailar, pues no sabía y le daba pena. Le sugerí enseñarlo a bailar, pero se negó. Nos quedamos platicando los dos allí, sin –casi– nadie que molestara, todos estaban divirtiéndose en sus respectivas fiestas. “Me gustas”, de pronto me dijo, “quiero que seamos novios”, un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo y una alegría hacía que me sintiera como resplandeciente.

Le tomé la mano en señal de un sí, él me tomó por la cintura y me besó.

Mi primer amor

Rondaba los doce años de edad. Recién había comenzado la escuela secundaria, se puede notar como las niñas comenzábamos a convertirnos en mujercitas y los chicos de nuestra edad seguían portándose y viéndose como niños.

Allí conocí a mi primer amor, un chico de tercer grado, con quince años y aspecto marcadamente adolescente, algo tímido. En las primeras de cambio lo fleché, pues él por su timidez no tomaba iniciativa. Yo ya sentía –al igual que algunas de mis compañeras– curiosidad por estar con un chico. Y él fue mi chico elegido.

Por medio de cartitas y recados fue que nos conocimos, una amiga fue la que hizo de cupido. Nos hicimos novios en la escuela, pero no nos besamos hasta varios días después.

El primer beso

Comenzamos a ir a la escuela los sábados, con la excusa de hacer actividades extraescolares (deportes, artes, etcétera). Uno de esos sábados fue que nos besamos por primera vez. Fue el primer beso para los dos, ¡me encanta recordar lo maravilloso que fue!, no fue un beso inducido por fuerza, nadie presionaba, nos tomamos el tiempo y vaya que fue un gran beso. Me sorprende el recordar que lo hicimos bien, que nuestras bocas y nuestras lenguas juguetearon como si de algo conocido se tratara.

A partir del primer beso, comenzaron los acercamientos, las caricias, los besos prolongados y los “te amo”. Él fue el primero en decirlo y yo en automático le respondí de la misma manera.

Fue todo un año que estuvimos así, sin exigirnos nada más. Hasta que llegaron las vacaciones de verano, cuando todo cambió.

Acercamientos sexuales

Mi primer amor acabó la secundaria y se fue con su familia un mes de vacaciones. Yo me inscribí a cursos de verano en la secundaria. Fueron días largos, con chicos que no llamaban mi atención. Lo extrañé de verdad.

Un día regresó a visitarme a la escuela. Ese día falté a los cursos y nos fuimos a un bosque que se encontraba cerca. Estando en el bosque nos sentamos junto a un árbol y nos besamos no sé qué tanto tiempo. Estaba tan excitada, como no lo había estado antes; él metió su mano bajo mi pantalón hasta hundirse entre mis piernas; al intentar meter sus dedos me sentí incomoda y dejó de intentarlo, pero no retiró su mano, sino que la dejo para darme caricias suaves. Era la primera vez que mi vagina se sentía acariciada, ni yo lo había hecho antes. Yo no sabía qué hacer, más que seguir besándolo y disfrutar del momento.

Estuvimos así hasta que me sentí agotada y le pedía que lo dejara de hacer. Estuvimos abrazados un rato, hasta que se hizo tarde y nos retiramos del lugar.

Al siguiente día, al terminar los cursos, allí estaba esperándome; yo estaba emocionada, pues pensé en él toda la noche y todo el día. Me sugirió ir al bosque de nuevo, yo accedí de inmediato.

Día tras día era el mismo escenario, besos y caricias. Había cierta ingenuidad y falta de prisa por hacer algo más. Mi primer amor se sentía satisfecho con acariciarme y besarme, y yo con ser acariciada y besada. Pareciera como que fui egoísta en esos mementos, pero en realidad no era así, más bien era desconocimiento de qué hacer; no se me ocurría acariciarlo y corresponder sus caricias. Además, era claro que los dos –aunque no lo decíamos– deseábamos hacer el amor, pero aún había cierto “temor” e inocencia que no nos llevaba aún a hacerlo.

Mi primera vez

Se acercaba el final de las vacaciones de verano, ambos sabíamos que también era el final de nuestro noviazgo. Era natural, él iba a ocuparse en otra escuela, lejos de la mía y a conocer a nuevas personas.

El bosque se había vuelto un paseo tradicional y casi obligado, ya con cierta inercia caminábamos hacía él. Platicamos un rato, había miedo en el ambiente, miedo a que se acabaran esos días. Nos sentíamos tristes mientras nos besábamos. Eran besos pausado, lentos, que poco a poco tomaban ritmo.

Yo llevaba minifalda, me baje las braguitas, abrí las piernas y me deje ver. Él no me había visto antes, solo me acariciaba por debajo de la ropa, su misma timidez y respeto hacía mí le habían impedido avanzar por su propia cuenta, es algo que hasta el día de hoy he admirado y me siento gustosa de que haya sido así, siempre sin presiones. Me excitaba ver sus ojos clavados en mí, él me miro y me preguntó si quería ver el suyo, respondí que me encantaría verlo y también tocarlo. Se desabrochó y sacó su pene totalmente erecto y firme; me quedé petrificada, sin saber qué hacer. Él tomó mis manos y las puso sobre su pene; su pene goteaba con mis caricias y yo me humedecía con las de él.

Nos acariciamos mutuamente por un rato, hasta que me dijo que él quería hacerme el amor en ese momento, pero no iba preparado. Sin condón, él no se atrevía a hacerlo y hoy doy gracias por ello, pero ya habíamos esperado tanto, qué más daba un poco más. Le pregunté que qué hacía después de que íbamos al bosque, pues nunca lo acaricié; me contó que llegaba a casa y se masturbaba él mismo, fue entonces que le pedí que me enseñara a hacerlo. Una vez que me mostró, comencé a masturbarlo, tan solo un par de minutos, hasta quedar salpicada de su semen y con mis manos escurriendo de ese tibio líquido; no me desagradó, al contrario, lo seguí acariciando con su mismo semen, hasta que descansó y su pene quedó totalmente flácido.

Me pidió salir con él más tarde, a las siete en el parque, ambos sabíamos para qué; le respondía que encantada iría. Pasó por mí en el carro de su madre y me llevó a un paradero de autos cercano. No hubo palabras en todo el camino, solo sonrisas traviesas. Al auto se le plegaban los asientos, así que no batallamos por espacio. Tomé la posición clásica, echada y él sobre mí. Me tuvo mucha paciencia y soportó mis gritos; una vez que pude soportar su pene dentro de mí, entonces él comenzó a hacerlo con rapidez y terminó muy pronto; en ese momento no me importó y tampoco hoy día, yo no sabía qué tanto debería durar una relación sexual. Pero no me sentía del todo satisfecha, y tomé su mano para que acariciara mi vagina, no como una exigencia, sino de forma instintiva. Entonces se puso otro condón y lo volvimos a hacer, esta vez duro más tiempo, hasta lograr dejarme agotada. Después pareciera que no había sido suficiente para él y se puso otro condón, siguió cogiéndome por mucho tiempo, yo tan solo cerraba los ojos sin sentir el pasar del momento, los dos jadeábamos, no eran necesarias las palabras, no en ese momento.

Terminamos tumbados uno al lado del otro, le dije “te amo”, él me dijo que me amaba más.

Nos seguíamos viendo aún después del inicio de clases, poco a poco nos dejamos de ver. Nunca terminamos el uno con el otro, no era necesario. Lo que tuvo que ser, fue.

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